El Directivo Público en tiempos de cambio (1 de 2): cómo afrontar el relevo del superior político.

image

El motivo más frecuente para la destitución de un directivo público es la falta de sintonía con su nuevo superior político. En el periodo inicial de nombramiento de un nuevo superior la competencia y lealtad del directivo serán cuestionadas, y su campo de actuación estará muy limitado, al menos durante un “periodo de prueba” a superar.

Los nuevos responsables no siempre son claros en sus expectativas hacia la organización y sus directivos, como cuáles son los resultados buscados y los medios preferidos. Y casi nunca son explícitos en sus objetivos e intereses personales, como el refuerzo de su poder o el mantenimiento de su prestigio. El directivo público puede dar por sentado la continuidad de las estrategias desarrolladas hasta ahora, o no dar importancia a aspectos que pueden ser críticos para el nuevo superior político.

Casi con seguridad, la entrada de un nuevo superior político conllevará nuevos nombramientos y estructuras organizativas alrededor del directivo público. En este contexto, pueden aparecer fricciones con el estilo de los nuevos colegas directivos y con el nuevo staff del superior político. Incluso puede haber riesgos de conflicto directo con el superior político por el nombramiento directo de mandos intermedios, o por prácticas cuestionables de “patronazgo” o clientelismo.

El superior político puede tener inicialmente una sensación de falsa seguridad y de urgencia en la acción, que le lleve a aislarse de su organización, confiando exclusivamente en su círculo más cercano, con el que diseñará las políticas y estrategias que considere prioritarias al inicio de su mandato. El directivo público puede sentirse aislado o amenazado por su nuevo superior político, si éste no considera conveniente hacerle partícipe de estas nuevas políticas y estrategias iniciales.

El estilo de dirección del nuevo superior político puede ser muy diferente de aquel al que estaba acostumbrado el directivo público, o incluso chocar con la cultura tradicional de la organización. El directivo público puede incurrir inicialmente en conflictos de estilo con su superior político, sobre todo en los aspectos de control y delegación, que además pueden ser malinterpretados como falta de lealtad, con consecuencias definitivas para su puesto.

En esta situación de falta de claridad de las expectativas e intereses del nuevo superior político, cambios organizativos, exclusión del círculo de decisiones estratégicas, y conflicto de estilos de dirección, el directivo público puede cometer su último error en la gestión de su entorno político, y adoptar hacia su superior político un comportamiento antidependiente, resistiéndose a su autoridad y a sus decisiones.

El directivo público que adopta ese tipo de comportamiento frente a su superior político, considerará a éste último como el enemigo a batir o el obstáculo a sortear. Sentirá con frecuencia frustración y enojo por las decisiones tomadas por su superior, y podría llevar algunas situaciones de conflicto más allá de lo que se esperaría de un profesional, respondiendo a la presión con más presión hacia su superior. El directivo público acumula de este modo una tensión constante, que incluso influye en su vida personal y en su salud, con frecuentes problemas provocados por el estrés.

Este tipo de comportamientos son altamente improductivos para la organización. El directivo antidependiente llegará a considerar los conflictos con su superior como un juego de poder, y la oposición a decisiones como resistencia justificada por la incompetencia de su nuevo jefe. Aunque los subordinados del directivo antidependiente puedan inicialmente sentirse protegidos frente a los cambios impuestos por el nuevo superior político, a la larga todo el equipo del directivo será identificado como un grupo rebelde dentro de la organización, y su suerte puede quedar ligada a la de su directivo, que no suele tener mucho recorrido ni resolverse de forma satisfactoria.

El nuevo superior político identificará fácilmente al directivo antidependiente, puesto que su comportamiento suele ser vehemente, o incluso desmedido, e instalado en la crítica constante. En una organización nueva y desconocida para el nuevo superior, este directivo será rápidamente clasificado como hostil y problemático, apartado del círculo de confianza de su superior, y privado de la información estratégica, lo que realimentará su antidependencia, y le abocará a una espiral negativa de conflicto que sólo finalizará con su cese o traslado.

El directivo público que recibe a un nuevo superior político hará bien en asumir desde un principio la naturaleza interdependiente de la relación con su jefe. El superior necesita de su ayuda tanto como él la necesita del primero. De hecho, el directivo es más dependiente de su superior político que éste de sus directivos, pues el superior político es clave para el acceso a información y recursos, la concesión de autorizaciones, y las relaciones con otras organizaciones. Por otro lado, el directivo no puede suponer que su superior dispone de toda la información necesaria, aplica los criterios más adecuados para interpretarla, o es consciente de todas las consecuencias de sus decisiones. Para ello, el directivo puede trabajar en las siguientes áreas:

  1. Conocerse a sí mismo, sus capacidades a valorar, sus debilidades a reforzar, sus reacciones en situaciones de conflicto, su tendencia a exagerar las amenazas, su estilo de trabajo, su necesidad de reconocimiento por los superiores, o su acumulación de estrés.
  2. Conocer a su superior, sus expectativas, el papel que él percibe que debe tener en la organización, su estilo de dirección, sus preferencias en la obtención de información, sus canales de comunicación, o sus convicciones respecto a lo que es una buena gestión.
  3. Esmerarse en la relación con su superior, manteniendo una actitud dialogante y colaborativa, compartiendo tiempos y espacios de trabajo, evitando conflictos directos y presiones innecesarias, y aprendiendo de las buenas y malas experiencias.
  4. Mostrar proactividad y compromiso en el avance de las primeras iniciativas estratégicas, ganarse la confianza del superior y los nuevos directivos, complementar sus habilidades con las de su nuevo superior, y guiarle en un sector y organización nuevos para su responsable.

En definitiva, el relevo del responsable político es un periodo de inseguridad para el directivo público, en el que su competencia y lealtad pueden ser cuestionadas, sólo dispone de un pobre conocimiento de las expectativas de su nuevo superior, sufre importantes cambios en su entorno organizativo y en los paradigmas vigentes en cuanto a la buena gestión, puede sentirse aislado de la toma de decisiones estratégicas, y puede incurrir en conflictos de estilo con su nuevo superior.

La sensación de amenaza que puede sentir el directivo ante su nuevo superior político puede llevarle a una actitud de resistencia y conflicto constante, con resultados negativos en la organización, en la imagen del directivo, en su vida personal y su salud, y que muy frecuentemente conlleva el cese del directivo y el daño, a veces irreparable, a su carrera profesional.

El directivo público deberá ser consciente de que manejar la relación con su superior es una parte importante del trabajo a la que debe dedicar tiempo y esfuerzo, mantener el diálogo y la colaboración constante con su superior, y basar sus relaciones en el respeto y el entendimiento. 

0 Comentarios

Contesta

Licencia Creative Commons Red Social NovaGob, (cc) 2021.

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

o    

¿Olvidó sus datos?

Create Account