El fin del teletrabajo

 

No sé si a ustedes les pasa lo que a mí, que el teletrabajo me parece maravilloso para ocasiones puntuales, pero prefiero mil veces el trabajo presencial y la interacción directa con los compañeros. Ni siquiera me convence el argumento ecológico del ahorro de desplazamientos, porque no deja de ser un parche para un modelo urbanístico insostenible. Pero no quiero irme por las ramas. Mi reflexión de hoy va sobre si el teletrabajo realmente “ha llegado para quedarse”. Y como estoy atravesando una fase pesimista sobre la capacidad de aprendizaje de las organizaciones, voy a argumentar que no.

Ya sé que el oficio de profeta es complicado y me arriesgo al ridículo más espantoso. Hace unos treinta años, un amigo mío tuvo un profesor que pronunció la frase “esto de la informática es una moda pasajera”. No fue el profesor de latín en el instituto (con todo el respeto para el latín, que, por si hubiera alguna duda, hablo en la intimidad), sino un profesor universitario de una escuela superior de ingeniería.

¿Por qué me atrevo a anunciar el fin del teletrabajo si, además, hemos hecho una prueba de concepto cojonuda (con perdón), implantándolo en un tiempo récord en todos los niveles de la Administración Pública de nuestro país?

Pues porque la vuelta a la normalidad es la vuelta a la normalidad. En todo. Y lo normal, antes de la pandemia, era reírse a carcajadas de cualquier insensato que tuviera la ocurrencia de hablar de teletrabajo (bueno, tal vez estoy exagerando y en lugar de carcajadas eran sonrisas de conmiseración acompañadas por unos golpecitos en la espalda). Y lo normal, antes de la pandemia, era aplicar medidas que perjudicaban a todo el colectivo de empleados públicos, en el inútil intento de controlar a los cuatro escaqueados de siempre. Y lo normal, antes de la pandemia, era que la constante lucha entre los diversos micropoderes internos, convirtieran en una misión imposible la aprobación de cualquier propuesta organizativa.

No entro a valorar los porqués de esos comportamientos, a lo mejor estaban y siguen estando justificadísimos, pero sí me interesa saber si hemos aprendido alguna lección de esta pandemia o, como me temo, la llamada “nueva normalidad” acabará siendo exactamente igual a la antigua. Porque, seamos serios, el hecho de haber implantado el teletrabajo durante el confinamiento no significa demasiado. Se compraron ordenadores portátiles por emergencia y los informáticos hicieron un  meritorio sobreesfuerzo para, hablando con propiedad, “generalizar” el teletrabajo (llevábamos años permitiendo el uso de escritorios remotos mediante accesos VPN). Sé que estoy simplificando las cosas, pero quiero incidir en que las herramientas se compran, se instalan y ya. Sin minusvalorar el papel de la tecnología como aceleradora de procesos, lo verdaderamente importante son los aprendizajes, nuevos enfoques y cambios de mentalidad, que a su vez puedan propiciar avances en los modelos organizativos.

En mi opinión, los aspectos esenciales para que el teletrabajo pueda funcionar en régimen permanente son dos: la confianza en las personas y la gestión por objetivos. Por tanto, dilucidar el futuro del teletrabajo pasa por responder a dos sencillas cuestiones (les invito a que lo intenten en relación a sus Administraciones). Primera pregunta: ¿Existe o ha mejorado la confianza en los empleados públicos cuando trabajan en remoto, por parte de sus jefes técnicos y políticos? Segunda pregunta: ¿Se han implantado sistemas de gestión por objetivos?

Mis respuestas, por experiencia directa y lo que me cuentan compañeros de otras Administraciones, serían dos rotundos “no”. El primero se basa en la triste constatación de que muchos reglamentos de teletrabajo pretenden establecer sistemas tecnológicos de control, por culpa de los cuatro escaqueados de siempre (son los mismos que se escaqueaban presencialmente, pero se ve que el escaqueo remoto fastidia más, porque es físico además de mental). Esto nos lleva a la gestión por objetivos, que si ya era importante en el trabajo presencial, lo es más en el remoto. Además de los obvios beneficios organizacionales (no hace falta que se los cuente), es el método perfecto para evitar el escaqueo en cualquiera de sus modalidades. Pero claro -siempre tiene que haber un pero-, la gestión por objetivos no es de hoy para mañana, requiere liderazgo, impulso, formación, implicación… en resumen, un verdadero cambio en la cultura organizativa. Y, lamentablemente, no he observado iniciativas nítidas y decididas en esta dirección, más allá de meras declaraciones de intenciones. Que yo no las haya observado no significa que no existan, por supuesto, ojalá muchos de ustedes hayan podido responder que sí a esta pregunta y a la anterior.

Tal vez mi predicción no se cumpla y el teletrabajo triunfe como un instrumento que pueda aportar valor neto para las Administraciones Públicas y, en consecuencia, para la ciudadanía. Intentaré dejar el pesimismo para tiempos mejores. A fin de cuentas, ne utile quidem est scire quid futurum sit; miserum est enim nihil proficientem angi.

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